<<[...] Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos>>.

Gabriel Celaya

lunes, 20 de febrero de 2017

Febrero y La Regenta: cartas de Galdós y Pereda en torno a la prodigiosa obra maestra de Clarín


Carta de Pereda a Galdós (20.02.1885)
 
 
9 de febrero de 1885. Carta de Pereda a Clarín.
 
      "En rigor, yo no debiera hablar a V. de su libro, que no es más que una exposición, hasta conocer toda la novela; pero como por lo conocido se trasluce la calidad de lo que falta, y hay en ello mucha tela que cortar, bien se puede echar un párrafo, y hasta hacer afirmaciones concluyentes en vista del primer tomo, sin riesgo de enmendarlas con la lectura del 2º [...].
      Considerando así lo que conozco de La Regenta, y en conjunto, encuentro en ello un completo derroche de ingenio y de gracia [...], trazos y color de maestro en la figura del antipático magistral, y particularmente en la de su madre, en mi opinión el personaje de mayor relieve artístico que hay en la obra [...].
      No sé si [...] a todos causará tan desagradable impresión como a mí [...], que entre tantas mujeres que aparecen en el libro, no haya una sola que tenga vergüenza, contando con que la heroína queda al fin del tomo a pique de perder la suya. [...], todas están roídas por el mismo gusano, y todas están dispuestas a echarse, en cuanto un hombre les ponga la mano encima, si es que no se han echado ya [...]. Lo que tiene de epidémico este mal, sin contar con una fea naturaleza, produce cierta monotonía de caracteres que perjudica mucho al cuadro. [...]
      Díceme V. que cree haber sido imparcial en su obra [...], estamos en completo desacuerdo. ¿Y cómo no estarlo? Si Vetusta fuera eso; si así fueran sus mujeres, y su Clero y sus muchachos y sus hombres [...], una persona [...] que tuviera sentido común, renegaría de su casta, emplumaría a su propia mujer, aborreciera a su madre; y después de poner fugo a la casa, y a la calle y el pueblo entero, acabaría por irse a vestir el tapa-rabo entre los salvajes de Mozambique.
      [...] sintiendo en el alma tener que darle la enhorabuena con reservas, porque al cabo se trata de un libro que, en conciencia, tengo que ocultar a la curiosidad inexperta de mi hijo mayor, que comienza ahora a reparar en las mujeres guapas y en las obras bien escritas”.


20 de febrero de 1885. Carta de Pereda a Galdós.

      "Supongo que habrá V. leído La Regenta, y me consta que su autor espera con ansia el dictamen de V. Allá tiene ya el mío [...], sé que no le ha incomodado ni mucho menos; y eso que no me mordí la lengua para decirle lo que me parecían ciertas y determinadas cosas que ahí acontecen. Ya supondrá V. a cuáles aludo. Pero ¡cuánta gracia y cuánto ingenio hay derrochados en aquellas páginas! Podrá aquello no ser un modelo de novelas, y para mí desde luego no lo es; pero ninguno que lo considere con ánimo sereno dejará de comprender que en Clarín hay un novelista de empuje, que con un poco de juicio y de imparcialidad puede hacer grandes cosas".


24 de febrero de 1885. Respuesta de Galdós a Pereda.

      "El tomo de Sotileza, que me dejó Marañón aquel día. Había pensado no leerlo hasta acabar el de Clarín, pero no tuve paciencia, y del primer envite me leí el primer capítulo, el cual le digo a V. con verdad me anonadó. Cuando lo acabé habría echado de buena gana al fuego todo los primeros que se puedan escribir, nada más le digo de su obra, que no conozco aún [...].
      Creo que pensamos del mismo modo en cuanto a La Regenta, aun cuando en la cuestión de que quizá sea yo más indulgente que V. Qué vomitará su ingenio , ¡qué talento tan preclaro, y vario, qué agudeza y qué donaire! En cuanto a la cobranza, escribiré a Leopoldo dándole mis plácemes, y después se los daré a V. por Sotileza".


24 de febrero de 1885. Carta de Galdós a Clarín.

      "Pues desde que empecé a leer su novela, hasta ahora, los personajes y sucesos de ella me persiguen de tal manera que van conmigo a donde quiera que voy, me acometen desde que abro los ojos, y no me dejan hasta que los cierro. Si yo soñara (y no sueño nunca) soñaría con ellos. Crea V. que su obra la tengo metida entre ceja y ceja, en términos que no me deja vivir, ni trabajar ni pensar en nada que no sea de ella".


26 de febrero de 1885. Carta de Pereda a Clarín.

      "¡Si supiera V. que peso tan grande me ha quitado de encima con hacerme saber que V. había tomado mis sinceridades en el único sentido que llevaban! Porque aunque yo tenía la tranquilizadora garantía del gran entendimiento de V., lícito me era sospechar que por una mala explicación, o por la rudeza misma de la firma, mis intenciones no resultaron con claridad debida. Conste, pues, amigo mío, una vez más, y tan recio como apetezcan los más sordos que nada tienen que ver los peros, que me permití señalar en la novela, con las extraordinarias aptitudes del novelista. Este es el caso.
      Comprendo la ansiedad con que aguarda V. el parecer de nuestro amigo Galdós; y para írsela dulcificando un poco, me cabe hoy la satisfacción de anticiparle una ligera muestra de la calidad de aquél. Anoche recibí carta suya avisándome, entre otras cosas de que me habla, el recibo de Sotileza, de la cual solo ha leído un capítulo, por estar acabando de leer La Regenta y muy atareado con su novela de frac, que tendrá dos tomos.
      Al final de su carta me dice:
      "Creo que pensamos del mismo modo de La Regenta, ¡Qué vomitera de ingenio!, ¡qué talento tan flexible y vario! ¡qué agudeza y qué donaire! En cuanto la concluya escribiré a Leopoldo dándole mis plácemes. Después se los daré a V.".

Poema para mi madre



Poema I, incluido en el apartado "Dedicatoria" del libro "Las alas de una alondra madrugando" (Ed. Hiperión).
 
Para mi madre,
que me mostró la puerta y me tendió una llave;
que me enseñó que los únicos caminos
son los que nos acercan a nosotros mismos,
lo demás es arena.



Me dijo:
escribe con distancia
pero
sin olvidar el cuarzo negro de la mina diaria,
lo marchito y oscuro que ya está en las semillas.

Añadió:
vivir es defenderse de la vida,
y volvió a asegurarlo:
el que mira las olas ya ha vencido el naufragio;
sólo quien se conoce
puede oír el silencio que precede a los golpes,
puede sentir el mar que hay en las caracolas.

Me enseñó
que en cada nombre se esconde lo nombrado;
que en la palabra noche
fluyen ríos oscuros de carbón y cenizas,
que cuando digo madera
la voz se me puebla de raíces y carne,
que cuando digo te quiero
en mi boca despierta la cereza y la lluvia.

Y estas palabras suyas las llevaré grabadas para siempre:
Nada tiene sentido
por eso
todo vale la pena
porque todo
puede ser de la altura que le des a tus pasos.